martes, 8 de noviembre de 2016

Un moribundo sobre el valle



En frente de sus ojos de invierno se empañaban los paisajes.
La vida se fugaba por la flor calcinante de su herida,
como un perfume nacido en las entrañas de la muerte.
Reposaban sus manos sobre el vientre de la tierra
como oscuras raíces arrancadas de noche por el viento.
Sus venas se secaban como ríos lanzados al verano.
La sombra de los pájaros florecía en el árbol de su cuerpo,
como un pétalo oscuro en un marfil cargado de silencio.
Parecía que los montes se alejaban tocados por su aliento.
Golpeaban como puños los gritos encerrados en su pecho.
Los caminos recorrían como largas serpientes temerosas,
huyendo de la muerte que devoraba a un hombre sobre el valle.
En alas impalpables de suspiros se iban los recuerdos.
Insistía en quedarse quizás alguna novia de la infancia,
y su frente de cera se iba quedando atrás del pensamiento.
De sus pupilas turbias se apartaba el rebaño de las nubes.
El cabello dorado de los trigos huía de sus dedos.
El rumor de las fuentes se fue apagando cerca de su oído.
Se fue quedando solo en un lecho de grama atardecida.
Apenas sí sentía su corazón profundo como un llanto pequeño.
Era un llanto de niño que quedó clausurado por un golpe
             de viento.
                                                                                Auror: Carlos Castro Saavedra




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